Nunca he soportado los contorsionismos retóricos a los que en ocasiones recurrimos para justificar los peores actos de nuestros ídolos, por muy geniales que estos fueran:el pisotón de Juanito, el positivo de Maradona, la patada de Cantona.
De un tiempo a esta parte, mi Hijo Número 3 se aburre después de chutar un par de veces. Ahora le dices 'vamos a hacer chuts' y contesta 'no, papá, léeme un libro'. Un libro, dice, el idiota. Quién se cree que es el niño este. ¿Bellerín? ¿Einstein?
Creo que hay pocas cosas más tristes en la vida que un saque de banda un domingo por la mañana en un campo de arena de segunda regional, con apenas una decena de espectadores en la grada. La única ventaja es que casi nadie lo va a ver.
Recuerdo que con mis amigos salíamos corriendo del estadio al terminar los partidos para escuchar sus declaraciones. Nos divertíamos tanto como durante el partido.
Mi gol favorito es cuando un jugador amaga y deja correr la pelota por debajo de sus piernas para que otro llegue, de manera inesperada, y dispare. Me parece la forma más pura de elegancia, de sutileza.
El árbitro me sacó tarjeta roja antes de que pudiera salir del campo, anulando la posibilidad del cambio. Me puse a llorar en la banda. Al principio pensaba que era de la rabia, pero luego me di cuenta de que era por el ridículo que acababa de hacer.
Con la fulgurante irrupción en el once del Real Madrid del uruguayo Federico Valverde, el escritor Javier Aznar se pregunta algo que le lleva rondando años. Y quiere llegar al fondo de la verdad de este asunto.
Todo el mundo en España hablaba de lo simpático que era el Cádiz. Simpático mis cojones. El gol de Kiko, que entonces era Quico. Aquellas salvaciones milagrosas, o como queramos llamarlas, que solo alimentan nuestra inquina hacia el Cádiz.
Tanta vida identitaria, que excede al triunfo o derrota de cada fin de semana. Por eso, cualquier ranking de nuestra historia futbolera tiene un mix entre méritos, historia y emociones.